Las muñecas, las putas, las estatuas: disección en cuatro tiempos

Kelly Martínez-Grandal lee su texto durante la presentación del libro de Nuvia Estévez.

Texto escrito por Kelly Martínez-Grandal para la presentación del libro Las muñecas, las putas, las estatuas, de Nuvia Estévez.

Las muñecas.

Cuando eres niña, tu muñeca está tan viva como tú. Con las muñecas aprendemos a ser amigas, madres, maestras, doctoras. Son un vínculo con una otredad casi humana, pero también con nosotras mismas: un pequeño doble en el que repetimos nuestros sueños y temores. En Vassalisa, la sabia, un cuento ruso, la madre moribunda le regala a su niña una muñequita que es una bendición y que luego la salvará de ser devorada por la bruja Baba Yaga.

Y son, también, el síntoma del traspaso, un rito iniciático: la muñeca abandonada es el vestigio de una infancia que se disuelve, de la niña que crece, de lo que ya no seremos más.

Somos una muñeca para nuestras madres, para nuestras abuelas, lo seremos siempre: un tesoro a cuidar. Lo somos cada vez que la niña que fuimos se asoma y nos recuerda el camino. Nuestras hijas son muñecas a las que acunamos, en un gesto quién sabe si aprendido o heredado.

Nuvia lo sabe. Vuelve a sus primeros años, llama a las mujeres que la precedieron o mece a su niña, su hija. Si duerme/ nada puede detenerme. Con la palabra juega a las casitas, configura una cosmogonía propia, doméstica, femenina que es, a la vez, la de todas las mujeres; la de todas las niñas invitadas a compartir su jueguito de cocina. Configura un hilo de azúcar que se esponja, se deshace, desaparece.

No somos una muñeca. Un hombre te dice muñeca y te dice niña, ojos de plástico, zapaticos mínimos, cosa que puede romperse. Nuvia lo sabe. Sabe que los hombres abandonan, quiebran, van, vienen, juegan, se cansan. Que el hombre que la mecía en la madrugada se marchó.

Sabe que también nosotras nos marchamos. Que, a veces, también ellos son muñecos.

Presentación del poemario de Nuvia Estévez

Las putas.

Puta. Del bajo latín puta, dice el diccionario. Putana, pute, zuka, curva.

Mujer que ejerce la prostitución.

Mujer promiscua.

Persona que obra con malicia o doblez.

Dice el diccionario.

El oficio más viejo del mundo. Bendita tú eres entre todas las mujeres.

Si usted tuvo más de tres novios, usted seguro es puta. Si usa minifalda, perdió la virginidad temprano, usted seguro es puta. Si usted existe, mujer, si se atreve a ser algo más de lo que se espera de usted, usted seguro es puta.

Dice el diccionario, el mundo, el sistema.

Miles de mujeres son traficadas cada año y obligadas a ejercer la prostitución. Cuando uno pone en Google «estadísticas de tráfico de mujeres», no sale entre las opciones automáticas de búsqueda. El tráfico aéreo, las drogas y las especies silvestres de Colombia están primero. Las putas no le importan a nadie y mire que a mí me encanta la fauna silvestre colombiana, tiene unos especímenes preciosos. Pero el problema no es ese, sino que usted usó minifalda, tuvo más de cinco maridos, tiene un cuerpo y usted, mujer, siente y se calienta, usted seguro es puta. ¡Que le corten la cabeza!, gritan los reyes de corazones mientras meten sus manos sudorosas debajo del vestido de la acusada. El problema no es el mundo, es usted. No importa cuántas veces la rompan, por muñeca.

Hay mujeres que ejercen contentas el oficio de ser putas. Intentan hacer sindicatos. Las apoyo. Eso ayudaría muchísimo a combatir el tráfico. Exijo putas organizadas, libres, plenas, reguladas.

Y está luego Nuvia, que no es puta, pero que dice que alguna vez andaremos sobre el pavimento/ enseñando al mundo nuestras ropas de carne y luego dice: expertas en el sexo hermoso/ como recién nacido pájaro de mal agüero. Hechiceras/ elegidas de Dios.

Mentira. Nuvia es puta, le putea a la poesía y la poesía le paga super bien y ambas andan contentísimas por la vida. Y además es bruja y, como si fuera poco, tremenda poeta. Yo celebro su putería y sus versos.

Nuvia Estévez lee poemas de su libro

Las estatuas.

A mí me dan miedo las estatuas. Si uno se acerca a ellas, sabe que hablan.  Hay que escuchar la piedra atentamente. Si se tiene suerte, cuenta un secreto. Las estatuas son muñecas que se pusieron viejas.

Para ser una estatua hay que quedarse inmóvil. Hay que aprender a resistir el tiempo, el musgo, el paso de las estaciones. Aprender a ver morir, a quedarse solo. Ser estatua es ser memoria, pertrificarse, hacerse duro por fuera, fingir que se calla.

Misterio viene de myos, una palabra griega que significa callar.

Duermen calladamente en la memoria/ imágenes traslúcidas    países/ sospechas   aventuras   cicatrices/ fragmentos ofuscados de la historia.

Quienes esperan que uno se haga estatua no saben lo que desean. Creen que todas las estatuas son de sal, como la mujer de Lot. Creen que irrespetamos a Dios. No saben que sobreviviremos, que es duro este cuero; que seremos una llaga en el ojo del tiempo. Escribir poesía es un buen entrenamiento para volverse estatua. Nuvia lo sabe. Se ha vuelto finalmente inmóvil, conoce los paisajes de la ruina. Jamás ha estado tan viva. Desde su jardín y sus hierbajos, esboza una fina, irónica sonrisa.

Presentación del libro de Nuvia Estévez en Miami

Las muñecas, las putas, las estatuas. 

No conozco a un poeta para quien tener una voz propia no sea una búsqueda y un reto. Aprender a decir y decirse; precisar la palabra, la densidad, el tono con que sobrellevamos la realidad. Requiere pasión y paciencia: un largo camino donde duda y silencio están a la orden del día, donde se madura y se tantea a medida que se avanza. Este libro es el resultado de un largo avance, de tropiezos contra uno mismo, un libro de búsquedas. La voz de alguien que finalmente se encuentra, logra verse, diseccionarse, descomponerse, recomponerse.

En ese avance, el reencuentro con formas olvidadas de la poesía: el soneto y la décima; la inmensa valentía de no ser modernos. Por eso también las poetas que la conforman cantan allí: desde Carilda Oliver Labra hasta Alejandra Pizarnik.

Y, sin embargo, hay aquí una voz propia, que no negocia fácilmente con lo circunstancial. Hay muñecas, hay putas y hay estatuas, porque todo eso logra poner en escena los múltiples rincones de lo femenino y lo humano. Este poemario suena como un golpe sobre una mesa, como un barco entrando al puerto. Suena al llanto de las viudas, al mohín de las niñas, al quejido de las amantes. Suena.

Suspendida entre dos momentos de la poesía, antigua y contemporána, Nuvia Estévez busca y reta, apasionada y paciente. Conoce su densidad, su palabra, su tono.

Nos los escupe en la cara.


Las muñecas, las putas, las estatuas, de Nuvia Estévez fue presentado en Miami, el viernes 3 de noviembre de 2017, durante la I Edición de Fuera de Catálogo.

El libro se encuenta a la venta por Amazon.

Las muñecas, las putas, las estatuas, pertenece al Catálogo Yulunkela, de CAAW Ediciones.

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